
La
increíble historia del niño que vivió 12 años atrapado por su cuerpo inmóvil.
Martín pistorius nació en Sudáfrica en 1975. Aquejado de una grave enfermedad desde los 12 años, a partir del año 2001 comenzó a poder comunicarse gracias a un programa informático. En el año 2008 encontró el amor de su vida. Joanna, y emigró a Gran Bretaña, en donde se casaron en 2010. Es un apasionado de la tecnología y se dedica al diseño de páginas web y desarrollo de software. Siempre con un maravilloso sentido del humor y pasión por la vida.
PRÓLOGO
Vuelven a poner en la tele Barny el Dinosaurio. Odio a Barney. Veo cómo los niños saltan, brincan y rebotan en los enormes brazos abiertos de color lila del dinosaurio, y luego aparto la vista y contemplo la habitación en la que estoy. Aquí los niños están inmóviles en el suelo o arrellanados en butacas. Una cincha me mantiene sujeto a mi silla de ruedas. Mi cuerpo, como el de ellos, es una cárcel de la que no puede escapar: cuando intento hablar, no emito sonido alguno; cuando quiero que mi brazo se mueva, permanece inmóvil.
PRÓLOGO
Vuelven a poner en la tele Barny el Dinosaurio. Odio a Barney. Veo cómo los niños saltan, brincan y rebotan en los enormes brazos abiertos de color lila del dinosaurio, y luego aparto la vista y contemplo la habitación en la que estoy. Aquí los niños están inmóviles en el suelo o arrellanados en butacas. Una cincha me mantiene sujeto a mi silla de ruedas. Mi cuerpo, como el de ellos, es una cárcel de la que no puede escapar: cuando intento hablar, no emito sonido alguno; cuando quiero que mi brazo se mueva, permanece inmóvil.
S0lamente hay una diferencia entre los niños
y yo: mi mente salta y baja en picado, da volteretas y saltos mortales
intentando liberarse de sus límites, provocar un relámpago de gloriosos colores
en un mundo gris. Pero nadie lo sabe, porque no puedo decirlo. Creen que soy
una cáscara vacía, motivo por el cual he pasado los últimos nueve años en este
lugar, día sí días también, escuchando a Barney o el rey león y, justo cuando
pensaba que la cosa no podía empeorar, llegaron los Teletubbies.
Tengo veinticinco años, pero mis recuerdos
del pasado comienzan en el momento en que empecé a regresar a la vida desde
algún lugar en el que anduve perdido. Era como ver destellos de luz en las
tinieblas, mientras escuchaba hablar a la gente en mi decimosexto cumpleaños y
se preguntaban si tendrían que afeitarme la pelusa de mi barbilla. Me deba
miedo escuchar lo que decían, porque, aunque carecía de recuerdos o de sentido
del pasado, estaba convencido de que era un niño, aquellas voces hablaban de
alguien a punto de convertirse en un hombre. Entonces, poco a poco, me di
cuenta de que estaban hablando de mí, al tiempo que empecé a comprender que
tenía una madre y un padre, un hermano y una hermana, a los que veía al final
de cada día.
¿Has visto alguna vez una de esas películas
en la que alguien se despierta siendo un fantasma, pero no sabe que ha muerto?
Pues eso me pasaba a mí, porque era consciente de que la gente me miraba sin
mirarme, y no entendía por qué. Por mucho que intentaba rogar y suplicar,
gritar y vociferar, no lograba que nadie me viera. Mi mente estaba atrapada
dentro de un cuerpo inútil; mis brazos y piernas eran cosas que no podía
controlar, y no tenía voz. No podía hacer señas o emitir sonidos para hacer
saber que había recuperado la consciencia. Era invisible: el chico fantasma.
De manera que aprendí a guardarme el secreto
y me convertí en un testigo silencioso del mundo que me rodaba, mientras mi
vida transcurría como una sucesión de días idénticos. Han transcurrido nueve
años desde el día en que volví a ser consciente, y durante este tiempo he
escapado usando la única cosa que tengo, mi mente, para explorarlo todo, desde
el negro abismo de la desesperación hasta el paisaje psicodélico de la
fantasía.
Así fueron las cosas hasta que conocí a
Virna, y ahora ella es la única que sospecha que oculta en mi interior hay una
consciencia activa. Virna piensa que comprendo más cosas de las que nadie cree
posible. Quiere que lo demuestre mañana, cuando me sometan a una prueba en una
clínica especializada en dar voz a los silentes, donde ayudan a comunicarse a
todo el mundo, desde personas con síndrome de Down y autismo hasta quienes
padecen tumores cerebrales o lesiones derivadas de una embolia.
Una parte de mí no cree que en esa clínica
abran la puerta a la persona que hay dentro del caparazón. Me costó tanto
tiempo aceptar que estaba atrapado dentro de mi cuerpo, asimismo, asimilar lo
inimaginable, que tengo miedo a pensar que quizá pudiera cambiar mi destino.
Pero, por mucho miedo que tenga, cuando pienso en la posibilidad de que alguien
se dé cuenta, por fin, de que estoy aquí, siento cómo las alas de un ave
llamada esperanza se agitan suavemente dentro de mí pecho.
Por Martín Pistorius con Megan Lloyd Davies
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